miércoles, 26 de febrero de 2014

Francisco Sánchez Gómez

Con 12 años empezó a gustarme la música lo suficiente como para interesarme por la colección de discos de mi padre. Entre ellos había una edición limitada de cantaores que entonces me hacía gracia, pero que ahora debe valer una fortuna. Me reía de aquellas fotos en b/n que recuerdo como si tuvieran vida:  un artista sentado a la fresca en la puerta de su humildísima casita de fachada blanca. Otros, exhibiendo sentimiento con gestos que me parecían más que exagerados. Y todos ellos, luciendo mote como si estuvieran más orgullosos de él que de su propio nombre ("papá, pero como puedes tener un disco de una señora a la que llaman La Piriñaca"). Tanta curiosidad despertaron aquellos cantaores que comencé a escucharlos.

Mi padre tenía una guitarra decorada con motivos flamencos. Una guitarra de artesano capaz de hacerme pensar que sabía tocar. Con aquella edad usaba tres cuerdas como mucho, pero trataba de sacar de oído las notas de las canciones que me gustaban. Aquello me parecía tan complicado como reconfortante, de manera que comencé a sentir devoción por Knpfler, Clapton, JJ Cale y alguna otra leyenda del punteo.

Entre todas aquellas voces rotas y todo ese desgarro del flamenco más puro, había un disco de un tal Paco de Lucía. Lo escuché, pero mi edad y gustos musicales estaban a años luz de apreciar aquel talento. Sin embargo, algo me llamó la atención. Aquél tipo era capaz de sacar 10 notas en menos de un segundo. Aquel tipo dejaba el punteo de Knopfler a la altura de un calentamiento. Aquél tipo exprimía la guitarra hasta lo imposible.

Durante semanas, meses, continué curioseando en aquella colección de discos y me topé con una portada rancia, gris, poco prometedora, donde se leía "Fuente y Caudal" (1973). La cara A abría con "Entre dos aguas".
Cuando hablamos de rumba pensamos en la España lolailo, en topicazos, en Peret girando su guitarra, pero "Entre dos aguas" es frescura, luz, y una mezcla de inspiración y sentimiento capaz de atrapar a cualquier mortal con una pizca de sensibilidad.
Hasta entonces el flamenco que había escuchado era oscuro, lamento, eso que lo entendidos llaman "quejío". "Entre dos aguas" me abrió los ojos desde la percusión hasta el bajo y, si no fuera porque el tiempo y los medios la han sobado hasta convertirla en himno, todavía se me pondría la piel de gallina al escucharla.

Todo esto me pasó a finales de los 80. Paco de Lucía llenaba estadios. Mark Knopfler declaraba su admiración en todas sus entrevistas y los mejores guitarristas del mundo suspiraban por tocar con él porque con él tocaban mejor.

Poco a poco aprendí a degustar una seguidilla, una bulería o un fandango igual que me metía en las notas de  "Entre dos aguas". Poco a poco me tomé en serio aquellos motes que tanta gracia me hacían.

Pese a todo, Paco de Lucía se ha mostrado como un tipo sencillo, natural, y tremendamente tímido ("aprendí guitarra porque me daba vergüenza el protagonismo del cante"). Una leyenda que no ha dado titulares. Esa virtud para mantenerse en segundo plano, esa humildad, han hecho más gigante su figura.

Ahora que no está, pese a premios y reconocimientos (príncipe de asturias, bellas artes, honoris causa, etc, etc, etc....) que van más allá de la figura de un músico, tengo la sensación de que Paco de Lucía es demasiado para este país.

Se editarán antologías, rarezas y todo el material que pueda prestarse a un marketing voraz. Se harán documentales, biografías y hasta una peli, pero no se enseñará a los chavales por qué este señor hizo del flamenco algo universal. No se enseñará qué significa Paco de Lucía para este país de igual modo que se enseña en las escuelas de Reino Unido qué significa los beatles para los ingleses. En fin, el tiempo dirá.
Gracias por todo Paco.








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